El hombre desnudo
                                                                                  Protágoras de 
PLATÓN

Maria Lagrange


                                                                                                                               14/07/2011

 

 


"Hubo un tiempo en el que los dioses ya existían mientras que todas las especies mortales no se hallaban. Cuando llegó el tiempo del nacimiento de todas las especies, fijado por el destino, los dioses las fabricaron dentro de la tierra, realizando una mezcla de tierra y fuego y de todo aquello que se mezcla al fuego y a la tierra. Luego, cuando llegó el momento de producir la luz, los dioses encargaron a Prometeo y a Epimeteo de repartir las capacidades entre cada una de ellas en buen orden y conveniencia.
Epimeteo insistió a Prometeo que lo dejara solo para operar la repartición: “Cuando estará terminada tú la controlaras”. Habiéndolo convencido de este modo, se avocó a su repartición. A algunos dotó de fuerza sin velocidad y otorgó la velocidad a los más débiles; armó a unos y para los que dotó de una naturaleza sin armas, les entregó alguna otra capacidad de sobrevivencia.
A los que revestía de pequeñeces, les daba alas para que puedan escapar, o sino la capacidad de vivir en escondites subterráneos; aquellos a los que les aumentaba la talla se encargaba proporcionalmente de asegurarles su preservación; compensando en su repartición  todas las otras capacidades del mismo modo. Su operación fue realizada de manera a evitar  la extinción de ninguna especie; y luego de haberles otorgado los medios de escapar de la destrucción mutua, también se ocupó de equiparlos para las estaciones de Zeus: los cubrió de pelajes densos, de pieles espesas, de protección térmica tanto sea contra el frio como contra el gran calor, constituyendo en el momento de dormir un lecho natural para cada uno; a algunos los calzó con cascos y pezuñas, a otros les puso piel gruesa y los vació de sangre. Luego les procuró a cada uno un alimento diferente, para algunos las hierbas de la tierra, para otros las frutas de los árboles, y para otros las raíces; hubo también a quienes les dió la carne de los otros animales; a esos, les acordó una progenitura menos numerosa que a su comida a la que le acordó una progenitura abundante que asegure la salvaguarda de su especie.
Sin embargo como Epimeteo no era precisamente un gran sabio, sin darse cuenta, había gastado todas las capacidades en las especies animales que no hablaban, mientras le quedaba todavía la especie humana que aún no había recibido nada y que francamente él no sabía qué hacer.
Cuando Prometeo llegó para realizar su inspección, encontró a Epimeteo preocupado por su situación y constató que todos los seres vivos estaban harmoniosamente provistos de todo, pero que el hombre estaba desnudo, sin calzado, sin cubertura, sin armas; siendo ya el día fijado por el destino, en que el hombre debía salir de la tierra y aparecer a la luz. Frente a este inconveniente, ignorando cómo podía hacer para preservar al hombre, Prometeo fue y hurtó el saber técnico de Hefaistos y de Athena y también su fuego – ya que, sin fuego, no había manera ni de adquirir, ni de servirse del saber- y  se lo regaló al hombre. De este modo el hombre tiene en su poder el saber que concierne la vida misma, pero, no poseía el saber político; en efecto, este se encontraba en los dominios de Zeus. Entonces, Prometeo que ya no tenía tiempo de entrar en la Acrópolis donde vivía Zeus, custodiada además por sus feroces guardianes; logró al menos introducirse en los aposentos comunes de Hefaistos y Athena donde ambos gustaban practicar sus artes. Robó el arte de servirse del Fuego que pertenecía a Hefaistos, y el Arte (de la creatividad del saber) de Athena y se los dió a los hombres. Es así que el hombre se encontró bien provisto para su sobrevivencia y Prometeo fue acusado de robo por causa de la incompetencia de Epimeteo".


Debido a la conciencia que el hombre tenía de poseer su parte del lote, este se creyó el único aparentado a un dios por ser el único de todos los vivientes  capaz de reconocer a los dioses, y así comenzó a fabricar altares, templos y estatuas de dioses; luego gracias al “Arte”, no tardó demasiado en crear sonidos y articular palabras, inventar habitaciones, vestiduras, calzados, cuberturas y alimentos que venían de la tierra.
Equipados de ese modo, al comienzo, los hombres vivían dispersos y sin ciudades; sucumbían a los ataques de las fieras animales por ser mucho más débiles que ellas, debido a que si bien la artesania constituía una ayuda suficiente para asegurarse un confort, resultaba insuficiente para protegerse de los ataques de las bestias salvajes.


Mientras que los humanos no poseían el arte de la política, del cual la guerra es una parte, buscaban, por supuesto,  reunirse entre ellos para salvaguardar su existencia y con este fin fundaban ciudades. Pero a cada vez que lograban reunirse, surgía la necesidad de reglas, careciendo del arte de la política, haciendo que siempre, todos se dispersen y perezcan.
Entonces Zeus, temiendo que nuestra especie termine extinguida definitivamente, envió a Hermes para que aporte a la humanidad la Vergüenza y  la Justicia, y constituir así,  el “Orden de La Ciudad”, basado en los lazos de “la Amistad” que es el ligamento solidario que debe reunir a los hombres.


Hermes le pregunta entonces a Zeus, de qué manera deberá efectuar el don a los hombres de la Justicia y la Vergüenza: “Debo repartirlas del mismo modo en que fueron repartidas las artes? La repetición de las mismas fue operada del siguiente modo: un solo hombre que posea el arte de la medicina basta para un gran número de profanos, y lo mismo es para todos los otros artesanos. ¿Debo entonces repartir de este mismo modo a la Justicia y a la Vergüenza entre los hombres, o debo repartirla entre todos?
Zeus respondió: “Repártelas entre todos, y que todos tomen parte; porque no puede haber Ciudad, si solo un pequeño grupo de hombres participa, como ocurre en el caso de las demás artes; e instaura en mi nombre la siguiente ley: que se elimine de la ciudad, como a un flagelo, al humano que se muestre incapaz de asumir su parte de Justicia y Vergüenza”.