Figuración Gradual,  La Divina Comedia, y Jorge Luis Borges

Mi yo, el que pinta, se sitúa en algún lugar cotidiano de la realidad entre las infinitas formas de la Figuración Gradual.  A modo de clarificación me permito hacer uso de este fragmento del inicio del prólogo de “Nueve ensayos dantescos” de Borges, donde él formula un deseo pictórico que yo imagino haber cumplido.

                            Maria Lagrange

 

Prólogo de Nueve ensayos dantescos (1982)

Imaginemos, en una biblioteca oriental, una lámina pintada hace muchos siglos. Acaso es árabe y nos dicen que en ella están figuradas todas las fabulas de las mil y una noches; acaso es china y sabemos que ilustra una novela con centenares  o millares de personajes. En el tumulto de sus formas, alguna –un árbol que se asemeja a un cono invertido, unas mezquitas de color bermejo sobre un muro de hierro- nos llama la atención y de esa pasamos a otras.

Declina el día, se fatiga la luz y a medida que nos internamos en el grabado, comprendemos que no hay cosa en la tierra que no esté ahí. Lo que fue, lo que es y lo que será, la historia del pasado y la del futuro, las cosas que he tenido y las que tendré, todo ello nos espera en algún lugar de ese laberinto tranquilo… He fantaseado una obra mágica, una lámina que también fuera un microcosmo; el poema de Dante es esa lámina de ámbito universal. Creo, sin embargo, que si pudiéramos leerlo con inocencia (pero esa felicidad nos está vedada), universal no sería  lo primero que notaríamos y mucho menos lo sublime o grandioso. Mucho antes notaríamos, creo, lo que destacan los dantistas ingleses; la variada y afortunada invención de rasgos precisos. A Dante no le basta decir que, abrazados un hombre y una serpiente, el hombre se transforma en serpiente y la serpiente en hombre; compara esa mutua metamorfosis con el fuego que devora un papel, precedido por una franja rojiza, en la que muere el blanco y que todavía no es negra (Infierno, XXV,64). No le basta decir que, en la oscuridad del séptimo   circulo, los condenados entrecierran los ojos para mirarlo; los compara con hombres que se miran bajo una luna incierta o con el viejo sastre que enhebra la aguja (infierno, XF, 19°. No le basta decir que en el fondo del universo el agua se ha helado; añade que parece vidrio, no agua (Infierno, XXXII,24)… En tales comparaciones pensó Macaulay cuando declaró, contra Cary, que la “vaga sublimidad” y la “magnificas generalidades” de Milton lo movían menos que los pormenores dantescos. Ruskin, después (Moderns Painters, IV, XIV), condenó las brumas de Milton y aprobó la severa topografía con que Dante levanto su plano infernal. A todos es notorio que los poetas proceden por hipérboles: para Petrarca, o para Góngora, todo cabello de mujer es oro y toda agua es cristal; ese mecánico y grosero alfabeto de símbolos desvirtúa el rigor de las palabras y parece fundado en la indiferencia de la observación imperfecta. Dante se prohíbe ese error; en su libro no hay palabra injustificada.

                       Jorge Luis Borges